Mi librero de confianza.

Emilio me conocía a mí y a mis amigos de toda la vida porque fuimos muy amigos durante muchos años de Alberto, que nos hizo un roto bastante bueno cuando se fue y le hizo uno muchísimo mayor a Emilio, como es lógico.

Nos marcaba las distancias con eficacia y no nos tomaba muy en serio, salvo cuando la cosa iba de libros. Con Iñaki yo he hablado mucho más de aparatos y aparatitos que de libros. Y con Carlos mucho más de acuarios y de peces (de los que tenía más que el capitán Pescanova) o de nieve que de libros. Por lo que fuese. Para hablar de libros iba a Emilio.

Una vez estaba en un brete. Tenía que regalarle un libro a uno que no lee mucho y es muy derechas. No un poquito, no. Más de derechas que un Land Rover corto con siete grifos de agua fría, con bigote en vez de matrícula y una bandera con el pollo con una bandera con otro pollo en el pecho. De derechas. Así que fui a donde había que ir.

Emilio, con la socarronería brotándole por todos los poros y sin hacer sangre, cosa que todavía le sigo agradeciendo, me dijo que acababan de publicarse casi simultáneamente varias biografías de Franco. En la de Vazquez Montalbán me dijo que iba a encontrar todos los razonamientos que uno puede esperar de un comunista convencido sobre la figura del dictador. Muy bien escrito, pero con un nada disimulado sesgo que quizás no viniera al caso si lo que quería no era dar por saco.

De la Cierva, franquista hasta la náusea franquista, representaba el otro extremo de la escala. Un libro en el que el autor cantaba las loas de su generalísimo. Empalagoso y de una calidad muy baja, como todos sus libros. Sin sorpresas.

– Ahora bien, dijo tomando el centro de la tienda, si lo que quieres son hechos el que tienes que comprar es este.

Y me sacó un tocho de casi mil páginas con un retrato enorme del genocida con las piernas más cortas de la historia reciente y la palabra FRANCO por todo título.

– Yo siempre he pensado que Franco era un dictador y un asesino, dijo señalando el libraco en mis manos. Pero tras leer ese libro sé que además era un gran incompetente, un ladrón, una mala persona y un gran hijo de puta.

Un señor de orden que parecía estar esperando turno para hablar con Emilio hizo nota mental de limpiarse los oídos con jabón Lagarto y flagelarse con el cilicio de las ocasiones especiales, el que pica de verdad.

Pero también te digo que si un franquista lee este libro va a estar encantado, porque el libro no dice en ningún momento “mira qué perrería hizo aquí” o “atención a la brillantez del líder invicto”. Plantea hechos, lo cual nos deja libertad para formar nuestra propia opinión. Yo tenía la mía y ahora la he confirmado y ampliado.

El señor de orden corrigió la nota mental, cilicio del 5, aunque digan los rojos que tiene mala rima.

Así que le hice caso y me llevé el tocho recomendado.

“Goooooooool de Señor” cuando el destinatario rompió el papel de regalo y se encontró con la cara de su amado líder. Y más aun cuando se cepilló el libro de pe a pa, con ansia, disfrutando de cada página como nunca en su vida.

Este tipo de cosas son las que uno podía esperar de su librero de cabecera, que lo fue incluso años después de haberme ido de Guadalajara en busca de mejores pastos, que no libreros.

Me acuerdo también de cuando Berta me vio vegetariano, tan flaco y con la ropa tan rota y se empeñó en alimentarme allí mismo y en darme pan integral y cosas de esas con etiquetas en alemán. No todos los punkis podían ser fornidos y saludables como su hijo Alberto, qué le vamos a hacer, pero eso a ella le daba igual. Eran otros tiempos.

Pero por hoy con hablar del que se acaba de ir y echaremos de menos tenemos suficiente.

Que la tierra te sea leve, Emilio. Si nos tenemos que volver a ver, seguiremos donde lo dejamos. O lo que tenga que ser.

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