la_hora_y_media_elástica

En los meses del feroz estío, como todos los años, la vida social del pueblo se traladaba a la piscina, envidia de los pueblos circundantes, más pequeños.

La piscina abría sus puertas a las diez de la mañana para que los pequeños del lugar, hijos de gente de estepa, se iniciaran en los misterios del desplazamiento más o menos armonioso pero seguro a través del agua.

Hacia las once o doce se producía la invasión. Llegaban por decenas las madres, con sus hijos e hijas, todos pertrechados para pasar lo más a su modo posible la mañana y aún el dia entero en el césped que, tenaz él, lucía espeso y brillante a pesar del castigo en torno al vaso.

Se podía dividir a las familias en dos grandes grupos en cuanto a impedimenta y comportamiento; las clases sociales, en bañador, parecían difuminarse un poco, pues era llegada la hora en que hasta los ricos eran flacos. Familias con grandes nadadores, poco celosos con las esperas para hacer la digestión, de tueste torrefacto a la semana de ir a la piscina; toallas en círculo sobre la hierba, bolsa de lona en el centro con frutas surtidas, bronceadores a discreción y poco más. Quizá una silla para la matriarca del clan.

El otro grupo, claro está, lo componían familias con poco que ver con Esther Williams, con sombrillas, sillas a tutiplén, despensa de campaña y más que cremas bronceadoras, botiquín digno de una expedición noruega al centro del Sahara en patinete.

Doña Rosa Casado, señora de Miguel Mendoza, pertenecía a ésta segunda categoría, no tanto por el despliegue del mobiliario como por su tenacidad en no despegarse del amparo de la sombrilla, carpa más bien, porque era de las que se ponen morenas a cubierto y se les cae la piel a tiras si se aventuran en los dominios de los lagartos.

No menos tenacidad demostraba doña Rosa en hacer que su benjamín, Pedrito, cumpliera a rajatabla la hora y media elástica (osea, hora y media, dos horas o más) de estricta permanencia en tierra que ella creía que necesitaba. Por más que Pedrito le explicara que la sopa en la que se había convertido para media mañana el agua no podía hacerle más daño que la gélida que se encontraba al empezar sus clases de natación, doña Rosa se aseguraba de que Pedrito no se mojara más allá de las plantas de los pies. Con siete años cuesta bastante armarse de argumentos sólidos.

Doña Rosa había venido acompañada como era de rigor salvo complicaciones mensuales por su hija Charo, adolescente que a pesar de su cuna nadaba como que se las pelaba.

Aquél día habían arrimado sus toallas al campamento base de los Mendoza dos amigas de Charo, Amparo y Consuelo, hijas de sus vecinos Faustino Enciso y Soledad Puertas.

Amparín y Consuelito lucían despampanantes bikinis a pesar de sus piadosos nombres y repartían el tiempo en hacer hervir la sangre a los mancebos que oteaban en la distancia, nadar como delfines y dar conversación a doña Rosa e hija.

Estaban las tres chicas en uno de sus bulliciosos parloteos cuando doña Rosa se percató de que el gorro de una conocida suya, “la Clemen“, surcaba las aguas cual periscopio navideño. Bajo el discreto gorro de flores irisadas en relieve a todo detalle “la Clemen“, pintada como para una boda y con pendientes, sonreía como si lo de nadar no fuera con ella.

– ¿Os habéis fijado cómo nada “la Clemen“?

Las chicas se miraron entre sí. Amparín hizo un amago de reírse pero su mirada se cruzó con la de Charo y todo acabó con una amplia sonrisa a tres bandas. Doña Rosa pensó en el pavor que le tenía al agua, pavor que en momentos como ese le gustaría no tener, y que había transmitido tanto a Pedrito (castigo de náuticos instructores) como a Oscar, el mayor de sus hijos que por estudiar en Madrid tenía la bula veraniega de acostarse tarde y levantarse a comer, con lo que se libraba de la natación matinal.

Doña Rosa seguía las evoluciones de “la Clemen” sin perder detalle.

– Pues vosotras diréis lo que queráis, pero a mí sí que me gustaría saber nadar. ¿Véis “la Clemen” ahí nadando tan ricamente?

Esta vez sí, las tres chicas se morían de la risa. Doña Rosa, que conocía a las amigas de su hija casi desde que vinieron al mundo no mostró incomodo por semejante choteo ante sus sinceras palabras y no tardó en recibir cumplida cuenta de a santo de qué tanta chacota.

Charo, con filial resignación, abrió el fuego.

– Pero mamá, parece mentira que no lo sepas. ¿No ves que va con un pie dando saltitos por el fondo?

Doña Rosa miró incrédula. Consuelito todavía abundó más.

– Mira, mira, Rosa, cómo sube y baja el gorro- y acompañaba sus palabras trazando ondas sinusoidales con el índice y riéndose, todo a la vez.

Doña Rosa no salía de su asombro. Eso sí, con asombro y todo, lo que más le impresionaba era la chulería de aquella mujer, ese sobreponerse a las propias limitaciones.

– Con pie en fondo o con rulos verdes- pensó para sí -ya me gustaría a mí.

Doña Rosa consultó el reloj y como le pareció que Pedrito estaba empezando a prometérselas muy felices le peló una mandarina.

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